Cuento para leer con el pijama puesto – Nº2

Marta y la paciencia

Marta era una jovencita muy aplicada que de vez en cuando se volvía algo rebelde. Especialmente cuando tenía que esperar para hacer alguna cosa.

Un día Marta estaba acabando sus deberes cuando recordó que la profesora les había pedido llevar un puñado de lentejas para un experimento que realizarían al día siguiente.

Sin pensarlo dos veces, se levantó y corrió hacia la cocina para buscar las lentejas que recordaba haber visto en el armario de la esquina, junto a los macarrones y las latas de atún.

Por el pasillo se cruzó con su hermana que tuvo que apartarse para no ser arrollada por el torbellino de 6 años que corría hacia la cocina. Mamá ¿las hay lentejas? – dijo mientras derrapaba con los calcetines por el parqué.

Su madre, que estaba en el comedor, no entendió bien el motivo de la pregunta y contestó: No, nunca cenamos lentejas – y siguió concentrada en algo que estaba haciendo con su portátil.

Marta insistió con la pregunta: ¿Qué si hay lentejas?, que tengo que llevar un puñado para mañana – aclaró para ver si esta vez su madre entendía lo que quería decir.

Ah, sí. Están en el armario, pero no las cojas porque puedes tirar el bote de…

Y justo en ese momento se escuchó un ruido metálico seguido de una sucesión de sonidos difíciles de identificar pero que auguraban un destrozo en la cocina.

¿Marta? ¿Qué ha pasado? – Dijo Lourdes, la madre de Marta.

Después de unos segundos de silencio, se escuchó la voz de Marta que decía: Mamá, ¿puedes venir?

Cuando su madre comenzaba su camino hacia la cocina, Noelia, la hermana mayor de Marta, ya estaba allí atraída por el estruendo.

Marta, con las prisas y la poca paciencia, había intentado coger el paquete de lentejas sin darse cuenta que había un bote metálico delante, provocando que este se abriera y que la harina que contenía fuera a caer sobre Marta. El pelo, la cara, el pijama y los calcetines ahora estaban decorados de un blanco navideño. Para colmo, el paquete de lentejas estaba abierto y acabaron esparcidas por el suelo de la cocina.

Que destrozo, dijo Lourdes al ver la escena. Noelia, ni abrió la boca.

– Te estaba avisando que tuvieras cuidado pero como no escuchas, como todo lo quieres hacer al momento. – Dijo su madre con un tono mitad enfado, mitad resignación.

Marta – prosiguió su madre – me encanta que seas autosuficiente y que siempre quieras hacer las cosas por ti misma, pero debes tener en cuenta que hacer las cosas rápido no siempre es la mejor de las opciones. Tienes que pensar lo que estás haciendo y lo que puede pasar si no lo haces bien. Por no escuchar ni pensar ahora tienes que volver a bañarte, cambiarte de pijama y recoger todo este desastre. Habrá que lavar el pijama y fregar la cocina. Si me hubieras escuchado, podías tener ya tus lentejas y seguir con tus deberes. ¿Ves la diferencia?

Marta, sonrió ligeramente y levantó el pulgar. No estaba segura de si podría controlarse la próxima vez pero sabía que su madre tenía toda la razón.

¿Alguien me ayuda? fue lo único que se le ocurrió decir.

Finalmente Marta y Noelia recogieron la cocina mientras su madre acababa lo que estaba haciendo en su ordenador.

Ese día Marta no tuvo tiempo de jugar y se acostó algo más tarde pero al final Marta agradeció a su hermana la ayuda para recoger la cocina y quitarse el pijama impregnado de harina.

Está bien intentar hacer las cosas, pero hay que pensar como las voy a hacer, se quedó pensando Marta hasta quedarse dormida ese día.

 

 

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