Cuento para leer con el pijama puesto – Nº1

 

Aprender es hacerse mayor

Pedro hacía ya algún tiempo que había dejado de ser un bebé para convertirse en un niño curioso y alegre, que siempre buscaba nuevas aventuras con las que distraer su imaginación. Un día, mientras esperaba a que le llamasen para sentarse a cenar, después de haberse bañado y puesto su pijama favorito, se disponía a jugar con todos los muñecos de su cuarto. Haciendo recopilación de muñecos, encontró una fotografía en una de las estanterías de su habitación. Al principio la miró sin mucho interés puesto que tenía toda su atención puesta en conseguir el caballo Marcelo, que estaba tan arriba que le había obligado a subirse a una silla antes de poner sus pies sobre la mesa de estudio que tenía en su cuarto.

Con la foto delante de su nariz, se dio cuenta de lo pequeño que era el protagonista de la foto. Un niño regordete, vestido con un pijama azul y un sol en el pecho, que sujetaba un teléfono de juguete mientras sonreía con una cara desbordante de ilusión. En aquel momento se reconoció en aquella fotografía y súbitamente recordó que ese juguete había sido su acompañante durante mucho tiempo.

Como niño que era, Pedro se sintió invadido por un deseo inmediato e irresistible de volver a tener aquel juguete con el que tanto había jugado y que hasta ahora no había vuelto a recordar. “¿Dónde está?” – Se preguntó.

Por un momento le vino a la memoria una imagen del teléfono entre un montón de juguetes con los que había dejado de jugar. Entonces bajó rápidamente de la mesa en la que se había subido para buscar en el juguetero con forma de sombrero que había en el cuarto de juegos. Mantenía la esperanza de encontrarlo y apretar los botones de colores que recordaba que producían diferentes sonidos. Tenía esos sonidos tan presentes como el día que le hicieron la foto con el pijama azul.

Él no lo recordaba, pero fue un regalo de cumpleaños de su tía Marta, que frecuentemente venía a visitar a la familia.

Después de un rato de caótica búsqueda entre los juguetes y de dejar el cuarto de juegos como si, en lugar de un niño en pijama allí hubiera habido diez, Pedro recurrió a la palabra mágica que utilizaba en los casos en los que no tenía solución para algo.

Papááááá – dijo con una voz que reflejaba la impaciencia del momento. – ¿Puedes venir? 

¿Qué quieres, hijo? Estoy preparando la cena. – Dijo su padre desde la cocina. – Ven y cuéntamelo.

Al momento, Pedro asomó por la puerta de la cocina con la cara colorada y el pijama descolocado. – Papá, ¿has visto mi teléfono? – dijo esperando respuesta inmediata.

Tu teléfono, – contestó su madre intentando entender a que se refería Pedro.

Sí, el que hace el ruido de la naturaleza y los animales – dijo Pedro manteniendo la mirada fija en la boca de su padre.

Ah, tu teléfono de juguete – comentó su padre mirando hacia el techo e intentando recordar donde lo había visto por última vez. – Creo que está en el armario de terraza, en una caja grande con payasos en la tapa.

Sin decir nada más, Pedro corrió a la terraza en busca de la caja de payasos. Abrió la puerta, sacó la caja, la abrió y prácticamente la volcó en busca de su teléfono, desparramando todo lo que tenía la caja dentro. Algunos libros, cuentos y antiguos juguetes.

Sííííííí. – Grito Pedro cuando vio el teléfono en el suelo de la terraza.

Lo había conseguido y se sentía feliz, exultante. Por fin tenía el teléfono que le recordaba tan buenos momentos.

Pero la alegría duró poco. Pedro pulsó el botón azul que reproducía el sonido de la lluvia pero no sonó.  Volvió a intentarlo repetidamente y después lo intentó con el resto de botones que tenía el teléfono pero no sonaba.

Nooooo. – Ahora el grito iba acompañado de una decepción tremenda. No funciona. Protestó Pedro al mismo tiempo que tiraba el teléfono al suelo.

Su madre, que había escuchado  el golpe del teléfono contra el suelo a la vez que la voz desesperada de su hijo, se dirigió a  la terraza y vio a Pedro sentado en el suelo, rodeado del contenido de la caja completamente volcada.

¿Qué ha pasado? – ¿Has sacado tú todo esto? – preguntó su madre mientras se ponía la mano en la frente en señal de desaprobación.

Al mismo tiempo, el padre de Pedro había salido de la cocina y avanzado por el pasillo, cuando se detuvo en la puerta del cuarto de juegos. Pedroooo!, dijo su padre con ese tono que anunciaba regañina.

¿Todo esto lo has sacado tú? – dijo ahora su padre desde el pasillo.

Pedro, con la cabeza agachada y la vista puesta en el teléfono que había estado buscando, fue consciente de que había dejado todos los juguetes tirados por el suelo, igual que el contenido de la caja que estaba en la terraza.

Por un momento tuvo unas tremendas ganas de llorar, casi de patalear, pero recordó la última vez que se sintió así. Recordó que tenía que solucionar los problemas de forma tranquila y hablando.

Entonces, respiro profundamente y dijo: “Sí, he sido yo.”

Sus padres se quedaron mirando mientras pensaban si Pedro merecía un castigo, pero antes de que pudieran decir nada Pedro se adelantó y dijo: “Lo he hecho sin darme cuenta pero ahora voy a recogerlo” y comenzó a guardar cosas en la caja que había vaciado en la terraza.

En ese momento, sus padres fueron testigos de la magnífica reacción que había tenido su hijo, asumiendo el error y tratando de recoger todo sin protestar. Estaban orgullosos de que Pedro afrontase la situación como un niño mayor y responsable y no dudaron en ayudar a Pedro a recoger todos los juguetes de la caja.

Pedro, que veía como sus padres no le regañaban sino que le ayudaban a recoger, se sintió feliz por haber sabido afrontar la situación. La rabia y el enfado se convirtieron en una gran satisfacción. Ahora se sentía más mayor y seguro.

Cuando todos juntos acabaron de recoger los juguetes, se lavaron las manos y se prepararon para cenar.

“Pedro, hoy has sido muy responsable y estamos orgullosos de ti”, le dijo su madre cuando Pedro se sentaba en la mesa para cenar.

Al final el niño había olvidado el viejo juguete y había aprendido una nueva lección. Se remangó la mangas de su pijama y se dispuso a cenar convencido de que hoy era más mayor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *